4 DE JUNIO DE 1830

Category
Efemérides militares en la historia del Ecuador
Fecha
2020-06-04 00:00

 

 

CENTRO DE ESTUDIOS HISTÓRICOS DEL EJÉRCITO

La muerte del Mariscal Antonio José de Sucre, viaje sin retorno.

El 9 de mayo de 1830, poco después de culminar el denominado “Congreso Admirable”, el Mariscal Antonio José de Sucre retornaba a Quito con la ilusión de unirse nuevamente con su familia. A pesar de habérselo aconsejado que utilizara el itinerario Valle del Cauca – Buenaventura y desde allí por vía marítima hasta Guayaquil prefirió, por llegar más pronto a su destino, el de Popayán-Pasto, reconocido como de alta peligrosidad.

El 27 llegó a Popayán, siendo recibido con muestras de respeto y simpatía. El 2 de junio llegaba a la casa del comandante José Erazo, en el Salto de Mayo, de donde salió el 3 por la mañana, acompañado doctor Andrés García, diputado por Cuenca, del sargento Francisco Colmenares, de Lorenzo Caicedo y dos arrieros. La suerte del glorioso triunfador de Pichincha estaba ya echada. El coronel Apolinario Morillo, al respecto, había declarado posteriormente expresiones general Obando: “La patria se halla en el mayor peligro de ser sucumbida por los tiranos, y el único medio de salvarla es quitar al General Sucre quien viene de Bogotá a levantar al Ecuador para apoyar el proyecto de coronarse el Libertador...”

A las diez de la mañana del día tres llegaban Sucre y sus acompañantes al sector denominado La Venta. Horas más tarde, procedente de Pasto al mismo sitio el comandante Sarria y desde Salto de Mayo, José Erazo. Esta coincidencia inquietó a Sucre, aunque los invitó a pernoctar su compañía, negándose los dos al exponer distintos motivos. En los alrededores del Salto de Mayo, los complotados convencieron para ejecutar su tenebroso objetivo a Andrés Rodríguez y José Rodríguez.

El 4 de Junio, Sucre y sus acompañantes penetraron “a la montañuela de Berruecos, siguiendo un sendero angosto y difícil, de subidas y bajadas, entre un bosque espeso que de un lado y otro se prolonga, sin que se pueda entrar ni salir de él sino por sus dos bocas...”

Los asesinos habían previamente organizado una emboscada en un sector idóneo para ejecutarla. La víctima inocente se acercaba integrando la columna al lugar previsto por los victimarios para asesinarlo. Certeros tiros de arma de fuego que impactaron en la cabeza y el pecho del héroe de Pichincha, hicieron que caiga de la cabalgadura y permanezca en el fango de la montaña, inmóvil para siempre. Sus asustados acompañantes huyeron precipitadamente, temerosos de tener la misma suerte. A las nueve de la mañana de aquel infausto día, se ejecutaba el crimen más horrendo y triste que afianzaba el increíble poder de la ambición y la maldad humanas.

Al día siguiente el fiel criado de Sucre y dos campesinos más lo sepultaron apresuradamente, con rústicas ramas hicieron una cruz y la plantaron a la cabecera de aquella circunstancial sepultura.

Cuando en Quito se conocían del desdichado acontecimientos, las lágrimas y lamentos no solo provinieron de la esposa y demás familiares, sino también de todo un pueblo que se había encariñado con la regia personalidad de su libertad.

Algunos días después, la marquesa viuda disponía que Isidro Arauz, mayordomo de la hacienda “El Dean”, y otros peones fuesen a rescatar el cadáver de su extinto esposo. Los restos del general Sucre fueron secretamente enterrados debajo del altar del oratorio de la hacienda “El Dean”, que la marquesa de Solanda poseía en los Chillos. Varios años después, extrajeron de la iglesia de San Francisco los restos de Teresita, hija del matrimonio Sucre – Carcelén, y los juntaron a los de su glorioso padre, enterrándolos luego, en completo secreto, en el convento del Carmen Bajo.

Años más tarde Bolivia y Venezuela trataron de expatriar la osamenta de tan preclaro ciudadano militar, que estuvo íntimamente ligado a su libertad. Inclusive, el gobierno venezolano envió a Quito sendas delegaciones con la finalidad exclusiva de ubicar los restos venerandos. No obstante el gran empeño y acuciosidad investigativa demostrados, no tuvieron el éxito deseado porque simplemente no descubrieron en donde descansaba la osamenta del prohombre de América.

Solamente a partir de 1894, se conocía que los restos se encontraban en el convento del Carmen Bajo de Quito, realidad confirmada después por el Obispo de Ibarra, Federico Gonzales Suárez. En el gobierno del general Eloy Alfaro, en el año de 1900, fueron trasladados los restos del “Abel Americano” a la catedral de la capital de los ecuatorianos, en una solemne ceremonia que enaltecía y tributaba el respeto e importancia a tan trascendente acto.

 

Extracto del libro: Edison Macías Núñez. Historia general del Ejército ecuatoriano. Vol. 21. T. 2. (Quito: Centro de Estudios Históricos de Ejército, 2007). 186 – 191.

 

 

 

 

 

                                                                                                     

 
 

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